Turistadas puede revelar en exclusiva, a partir del testimonio de una fuente anónima con acceso directo a la producción, que los famosos viñedos volcánicos de Lanzarote, fotografiados durante décadas por turistas de todo el mundo, no existen como explotación agrícola real. El informante, que ha contactado con esta redacción bajo condición de anonimato y cuya identidad ha sido verificada, lleva treinta años embotellando bajo la marca Bodegas Pico Negro vino comprado directamente en la marca blanca de Hiperdino. «No hay viñedo. Nunca lo ha habido. Hay un polígono en Arrecife y una máquina de tapar botellas», ha declarado a este medio en una conversación mantenida fuera de cualquier grabación oficial, de la que Turistadas conserva transcripción íntegra.
Una etiqueta bonita, sin más pretensión

Una broma que se fue de control
Todo empezó, según su relato, como una broma entre amigos en 1994. El bodeguero, entonces empleado de una ferretería de Arrecife, diseñó una etiqueta con un dibujo de sarmientos sobre lava y la pegó, por diversión, en una botella comprada en el supermercado del pueblo. La idea era regalarla en una cena como chiste local, jugando con lo absurdo de imaginar una viña en un solar de piedra volcánica donde, según sus propias palabras, «no crece ni una brizna de nada, ahí no hay ni una lagartija que se atreva a vivir».
Semanas después, el grupo de amigos decidió devolverle la broma. De madrugada y con la discreción propia de quien sabe que está haciendo algo que no tiene ningún sentido, plantaron frente a la casa del bodeguero una hilera de plantas verdes compradas en un vivero de Las Palmas que no eran viñas, no se parecían especialmente a las viñas y que en ningún caso habrían sobrevivido más de dos semanas en suelo volcánico. La gracia duró lo que se esperaba que durara: una mañana. Lo que nadie esperaba es que esa misma mañana un turista alemán con una cámara réflex parara el coche, bajara la ventanilla y empezara a fotografiar las plantas con una concentración que sugería convicción total.
El bodeguero, que observaba la escena desde la puerta de casa, tuvo en ese momento lo que él mismo describe como «una idea que no debería haber tenido». Esa tarde encargó a sus amigos que ampliaran la plantación con más macetas, una cuerda tensada como soporte y un cartel de madera con el nombre de la bodega escrito a mano. «Pensé que aguantaría una semana», reconoce. Las plantas murieron a los diez días. El cartel sigue en pie.
Los que siempre lo encontraron raro pero callaron

No todo el mundo fue tan crédulo como el turista alemán. Marcos Fuentes, enólogo con veinticinco años de experiencia en denominaciones de origen canarias, reconoce ahora a este medio que la primera vez que probó un vino de Bodegas Pico Negro, en una feria del sector celebrada en 2003, algo le resultó difícil de encajar. «El perfil organoléptico no correspondía en absoluto a un vino de suelo volcánico. Era un vino perfectamente correcto, pero no tenía ninguna de las características que el terreno de Lanzarote debería imprimir», explica. Fuentes admite que no dijo nada porque «todo el mundo a mi alrededor estaba muy emocionado con la historia del viñedo y no quería ser el aguafiestas de la degustación».
En términos similares se expresa Elena Ros, bióloga especializada en ecosistemas volcánicos que visitó el supuesto viñedo en 2009 como parte de un estudio sobre vegetación en suelo de picón. «Vi un cartel de madera y cuatro piedras. No había ninguna planta viva en un radio de cincuenta metros», recuerda. Ros confiesa que redactó una nota al margen de su informe señalando la anomalía, pero que la eliminó antes de entregarlo porque su supervisor, que había comprado dos botellas de Pico Negro en el aeropuerto de regreso, «parecía muy ilusionado con haberlas encontrado».
Treinta años sin que nadie se atreviera a preguntar
Lo que siguió fue una escalada que nadie planeó y que ningún organismo se molestó en verificar. La demanda creció, la bodega amplió turnos de embotellado y una guía de viajes regional llegó a incluir Bodegas Pico Negro entre las paradas recomendadas de la isla, con una mención especial a «la resiliencia de la vid en suelo volcánico», redactada, según ha podido confirmarse, sin que su autor pisara nunca el supuesto viñedo. Un sumiller invitado a una cata elogió públicamente «las notas minerales que solo puede dar este terreno», el mismo terreno que, según el bodeguero, «es piedra negra y punto, ahí no hay notas de nada porque no hay nada». El elogio fue citado en la contraetiqueta de la siguiente añada.
«Y no soy el único. Esto lo sabe todo el mundo»
La parte de la confesión que ha disparado la alarma no es la de su propia bodega sino la insinuación, lanzada casi de pasada hacia el final del episodio, de que la práctica está más extendida de lo que nadie quiere admitir. «Yo lo cuento de mí porque es lo que conozco, pero id a preguntar por ahí a ver quién os enseña una cepa de verdad plantada en ese pedregal», desafía. La periodista Nayra Betancor, presentadora del pódcast Vino y Ruina y responsable de la entrevista, confirma que visitó el supuesto viñedo antes de grabar y solo encontró una parcela vallada con un cartel de madera y, dentro, piedra volcánica hasta donde alcanzaba la vista.
La confesión ha generado una inquietud notable entre los productores vecinos, varios de los cuales han pedido de forma privada una auditoría cruzada de etiquetas para descartar que el caso sea aislado. La asociación de bodegueros de la isla no ha hecho declaraciones oficiales, aunque fuentes internas reconocen que la reunión de esta semana «se ha alargado más de lo habitual» y que, por primera vez en treinta años, alguien ha propuesto llevar una pala al próximo encuentro.

01
02
03