Lo primero que descubres al llegar a Nueva York es que ya la conoces. Has visto sus calles en películas, sus apartamentos en series y sus taxis en suficientes comedias románticas como para creer que sabes cómo funciona aquello. Lo segundo que descubres es que los protagonistas casi nunca iban al baño, consultaban el saldo o discutían sobre qué salida del metro coger.
Todo eso te toca ponerlo a ti.
1. Times Square, o cruzar el Atlántico para ver publicidad
En tu casa pagas una suscripción de Spotify para ahorrarte los anuncios. En Nueva York te plantas debajo de ellos con la boca abierta y dices que es impresionante. La diferencia parece estar en el tamaño de la pantalla y en lo que te ha costado llegar.
Times Square tiene ese efecto. Sabes perfectamente que están intentando venderte algo, pero la cantidad de luz convierte la operación en una experiencia espiritual. Un perfume de quince metros de altura se convierte casi en una religión.
Te quedas quieto para asimilarlo y descubres que has elegido hacerlo en la trayectoria de todo el mundo. Intentas apartarte. También allí pasa gente. Finalmente aceptas que tu presencia es un problema de circulación y haces la foto desde donde puedes.
Por la zona hay personajes disfrazados que posan a cambio de propinas. Tú querías sentirte protagonista de una película y puedes acabar negociando las condiciones económicas de un encuentro con alguien vestido de Hulk. Al menos el disfraz parece de más calidad que el de Bob Esponja en la Puerta del Sol.
Cuando consigues salir, miras las fotos. Son anuncios. Preciosos, eso sí.
2. Los rascacielos, o descubrir cinco veces que Nueva York se ve desde arriba
Antes de viajar haces una lista de los miradores que quieres visitar. El Empire State, porque es el Empire State. Top of the Rock, porque desde allí se ve el Empire State. SUMMIT One Vanderbilt, porque has visto unas fotos con espejos en Instagram. Edge, en Hudson Yards, porque tiene una plataforma que sobresale del edificio y te parece razonable pagar para pasar miedo. Y One World Observatory, porque ya que estás...
Ese «ya que estás» va a salirte bastante caro.
Empiezas con entusiasmo. Reservas entradas, comparas horarios y calculas dónde te conviene ver el atardecer, como si el sol fuera a ofrecerte cinco actuaciones completamente distintas. Luego llegan los controles, los accesos y las colas antes de los ascensores. Impresiona cómo Nueva York ha conseguido desarrollar un concepto en apariencia tan sencillo como una cola de espera. En horas punta puedes acumular horas entre unas visitas y otras. Has venido a la ciudad de los rascacielos y estás adquiriendo un conocimiento profundo de sus vestíbulos.
Arriba, las vistas son espectaculares. Abajo quedan el tráfico, las prisas y toda esa gente diminuta que todavía puede decidir dónde ir. Tú quieres bajar, pero primero tienes que ponerte en otra cola. Nunca habías considerado que volver a pisar la calle pudiera convertirse en una aspiración.
El primer mirador te deja sin palabras. En el segundo reconoces edificios. En el tercero localizas el hotel. En el cuarto señalas el sitio donde comiste ayer. En el quinto ya tienes suficiente conocimiento del terreno para trabajar en el catastro.
Cada uno ofrece su perspectiva, sus atractivos y una nueva ocasión de fotografiar el edificio al que subiste antes. Al revisar las imágenes descubres que has dedicado una parte considerable de tus vacaciones a vigilar Manhattan desde distintos ángulos como si fueras Batman.
Con uno habrías tenido suficiente. Lo comprendes perfectamente desde el quinto.
3. La Estatua de la Libertad, o descubrir que la libertad tiene modalidades de acceso

Visitar la Estatua de la Libertad requiere cierta atención al comprar la entrada. Llegar a Liberty Island, acceder al pedestal y subir a la corona son cosas distintas. El entusiasmo con el que le diste a «comprar» no amplía las prestaciones del billete.
También hay controles de seguridad. La libertad recibe visitas, pero primero necesita revisar lo que llevas en la mochila.
Acercarte por el agua tiene algo emocionante. La reconoces de inmediato y piensas en todas las personas para las que aquella figura significó la posibilidad de empezar de nuevo. Tú estás preocupado por si te dará tiempo a ir de compras. Conviene mantener cierta perspectiva.
Si prefieres verla desde el agua, el ferry de Staten Island es gratuito, aunque no para en Liberty Island. La palabra «gratuito», después de unos días en Nueva York, te produce una desconfianza que exige comprobarla varias veces.
A bordo compartes trayecto con personas que simplemente están yendo de un sitio a otro. Ellas vuelven a casa. Tú fotografías su transporte público como si acabaras de descubrir un nuevo continente, que para algo eres español.
4. Central Park, o ir a descansar con diecisiete paradas pendientes
Central Park ocupa unas 341 hectáreas. En el mapa del móvil, sin embargo, cabe perfectamente entre dos dedos. Esa diferencia de escala explica muchas discusiones de pareja.
La idea inicial es dar un paseo tranquilo. Luego recuerdas que quieres ver Bethesda Terrace, Bow Bridge, Strawberry Fields y ese sitio que salía en una película cuyo título no sabes, pero que reconocerás en cuanto llegues. Has convertido el descanso en una jornada del Camino de Santiago.
El parque fue diseñado por Frederick Law Olmsted y Calvert Vaux. Buena parte de esa naturaleza que parece haber sobrevivido milagrosamente a Manhattan responde a un trabajo cuidadoso de planificación. Hasta la sensación de haberse escapado de la ciudad tuvo que organizarla alguien.
Te cruzas con gente corriendo y fantaseas con vivir allí. Tú también saldrías a correr todas las mañanas si tuvieras Central Park al lado. Lo afirmas con mucha seguridad para ser alguien que lleva meses utilizando una bicicleta estática como perchero.
Al final encuentras un banco y te sientas. No hay entrada, turno ni obligación de emocionarse. Empiezas a disfrutar. Tu acompañante consulta el mapa y te dice que tenéis que ir a ver el memorial de John Lennon.
Allí habrá un músico destrozando Imagine, posiblemente para que el bueno de John se levante de la tumba y aparezca dando gorrazos a quienes se hacen selfies sonriendo en el lugar donde lo asesinaron.
5. El puente de Brooklyn y DUMBO, o caminar hasta una foto que ya tienes vista
Cruzar el puente de Brooklyn es una de esas cosas que justifican por sí solas un viaje. La estructura, el río y las vistas de Manhattan consiguen que hasta alguien que lleva toda la mañana quejándose saque el móvil con cierta felicidad.
El problema aparece cuando intentas pasear y producir una portada de revista al mismo tiempo. Te paras, avanzas, vuelves porque desde el otro lado quedaba mejor. Tu acompañante empieza haciendo fotos por amor y termina haciéndolas para poder continuar.
Después llegas a DUMBO y buscas el encuadre de Washington Street, con el puente entre los edificios de ladrillo. El puente de esa fotografía es el de Manhattan. Has cruzado el de Brooklyn para acabar retratando a su compañero, una deslealtad que la ingeniería soporta en silencio.
Allí intentas conseguir una imagen espontánea en el mismo lugar que todas las personas que han tenido esa idea espontánea antes que tú.
«Haz como que no me doy cuenta», pides, después de colocar los pies, girar la cabeza y explicar exactamente hasta dónde quieres que salga la calle.
La naturalidad lleva su tiempo.
6. Un musical de Broadway, o descubrir hasta dónde llegaba tu inglés
Comprar una entrada para un musical de Broadway despierta una confianza lingüística que quizá no esté respaldada por los hechos. Ves series en versión original. Con subtítulos, sí, pero casi no los miras. Solo cuando hablan.
En el teatro descubres que cantar introduce dificultades que tu aplicación de idiomas nunca consideró necesarias. Entiendes una frase, pierdes dos y recuperas el argumento cuando alguien señala una puerta con suficiente dramatismo.
Si eliges una historia que ya conoces, llevas ventaja. Sabes quién es el malo, quién se enamora y aproximadamente cuándo conviene preocuparse. El resto lo reconstruyes con vestuario y buena voluntad.
Pero entonces llega un número que te deja clavado en la butaca. Voces, músicos, bailarines y cambios de escena ejecutados con una precisión que hace pensar en cómo habéis tardado vosotros cuarenta minutos en salir del hotel.
Aplaudes con entusiasmo. Eso lo habías entendido entero.
Al terminar, tu acompañante pregunta qué decía aquel personaje en el momento en que todo el mundo se ha reído.
«Era un juego de palabras».
No sabes cuál. Confías en que lo fuera.
7. Katz’s Delicatessen, o cuando un bocadillo necesita argumento
Katz’s es famoso por su pastrami y por la escena de Cuando Harry encontró a Sally en la que Meg Ryan finge un orgasmo ante Billy Crystal. El cine ha llevado a mucha gente a interesarse por la gastronomía a través de caminos poco académicos. Deja de pensar en mantequilla.
Llegas dispuesto a pedir un sándwich y descubres que primero debes entender el funcionamiento del local. Te entregan un ticket en el que van anotando lo que consumes y que presentas al pagar. Lo guardas con el mismo cuidado que hasta ese momento reservabas al pasaporte.
Después aparece el pastrami. Hay una cantidad de carne que obliga al pan a limitarse a una función simbólica. Intentas calcular por dónde se empieza mientras tu mandíbula revisa sus posibilidades.
El primer bocado explica bastante bien la fama. El siguiente exige reorganizarlo todo sobre el plato.
Miras alrededor buscando el lugar de la escena y piensas que pocas empresas han aprovechado tanto una demostración de insatisfacción masculina.
Sales lleno, contento y dispuesto a defender ante cualquiera que aquello merecía la pena. Mejor que nadie te pregunte cuánto costaba un bocadillo en tu barrio.
8. El toro de Wall Street, o confiar tus finanzas a unos testículos

El célebre toro de bronce está en Broadway, junto a Bowling Green. Lo creó Arturo Di Modica y se ha convertido en un símbolo del distrito financiero. A su alrededor se practica una versión bastante accesible de la educación económica.
La costumbre turística atribuye buena suerte a tocarle los testículos. Por eso puedes encontrarte a adultos perfectamente funcionales esperando para agacharse bajo un animal de metal mientras alguien les hace una foto.
Entre tanta conversación sobre mercados, crecimiento y prosperidad, resulta reconfortante que haya una propuesta que no exija conocimientos previos.
Tú, que te consideras una persona racional, observas la escena con distancia. Luego piensas que ya que estás allí tampoco pierdes nada. Es el mismo razonamiento con el que has comprado una entrada más cara, pedido otro cóctel y añadido una maleta a la reserva.
Cuando llega tu turno, cumples con el ritual. Has dedicado parte de tus vacaciones a confiar tu futuro económico a la entrepierna de una escultura, pero la foto sale muy divertida.
De vuelta al hotel consultas la cuenta de la tarjeta de crédito.
El toro va a necesitar tiempo.

01
02
03